Historia de vida de un campesino y comerciante kaqchikel de Patzún:
Francisco Sir Patal
(1936-2020)

Por Lilia Irene Cap Sir

Introducción

Antes de empezar a descubrir de qué tratan estas líneas, quiero agradecer profundamente a don Francisco Sir Patal que, aunque ya no está físicamente entre su familia, su k’u’x (esencia, corazón), está contento de que la gente lo conozca a través de este escrito. A sus hijas, hijos, nietas y nietos también: un agradecimiento profundo por haberme permitido ampliar a un ámbito público, la vida de su padre y abuelo.

          Muchas historias de vida han mostrado la trayectoria de líderes políticos, religiosos y comunitarios. Don Francisco no asumió un cargo en la comunidad y menos en su cuadra vecinal, pero al igual que muchos indígenas y campesinos, vivió en carne propia las dificultades que traen la pobreza, el racismo o la discriminación, y vivió las luchas y esperanzas que trae consigo el trabajo y la reproducción de la vida en familia y comunidad.

          Como en la vida de todas las personas, también hay relaciones y situaciones familiares y personales que, en su caso particular, se irán visibilizando en este pequeño escrito y que, a continuación, se presentan como una historia de vida.

          La vida de don Francisco Sir Patal desde su niñez al lado de su padre, cuando queda huérfano, o cuando llega a su juventud, estuvo relacionada con realidades de la historia de Guatemala. Como el racismo, tal vez no lo nombró como tal, pero su historia lo refleja y, como sabemos, la academia también lo ha reflexionado y categorizado. Otra realidad es la pobreza que ha sido una gran dificultad en la vida de muchas familias indígenas de Guatemala. El conflicto armado, que también contó, lo vivió muy de cerca por su trabajo. Asimismo, vivió los cambios, transformaciones y acciones impulsadas por gobiernos de la segunda parte del siglo XX, especialmente posteriores a la Revolución de 1944, o las vicisitudes de las comunidades y todo el país, durante y después del terremoto de 1976.

          Su historia la contó en su idioma materno, el kaqchikel. Al hablar, usó conceptos y frases para explicar comportamientos y normas de convivencia familiares, vecinales y comunales que, según mi percepción como mayahablante, reflejan una manera particular de la reproducción de la vida en un lugar específico. Pienso que la importancia de este hecho es dar un lugar a uno de los idiomas mayas que coexisten en nuestro país y que es parte de una identidad como pueblo (aunque él decía en una ocasión que quería que sus nietos hablaran en español, para que no vivieran lo que él vivió de niño y joven, al no saber español y ser inferiorizado por ese motivo).[1] Se procura hacer una traducción de las distintas palabras y frases utilizadas en kaqchikel.

          En su historia de vida, hago una secuencia cronológica, tanto para su vida personal como para los hechos relacionados con la historia de Guatemala, aunque en las distintas entrevistas a su persona, muchas veces habló de varios temas al mismo tiempo: su propia experiencia en distintos hechos de su vida, individual y colectiva. Junto a su familia, amigos, vecinos y comunidad. Cuando era joven, o cuando ya era un adulto. En los distintos apartados, se trata de hacer una pequeña descripción o reflexión, dependiendo de lo que se esté tratando; esto, para una mayor comprensión.

          Finalmente, es importante aclarar que, toda la información compartida por don Francisco está encerrada entre comillas, para identificar sus propias palabras. Parte de su historia, también fue complementada por sus hijos, sin embargo, se mantiene la originalidad de las vivencias de don Francisco en las entrevistas realizadas a su persona.

La vida y trayectoria de don Francisco Sir Patal
Campesino y comerciante kaqchikel de Patzún

Figura 1. Fotografía de Don Francisco Fuente: Foto familiar proporcionada por uno de sus hijos

La historia de los mayas ha estado llena de poqonal histórico (sufrimiento histórico), pero  k’u’x (esencia, alma, corazón), de nuestra gente (qawinaq), ha permanecido vivo. Han luchado frente al racismo, chikopi’, e q’ayis, ma atwinaq ta (animales, basura, no ser un ser humano).[2] También frente a k’ayewal (dificultades), etc. En este caso, la historia de cada maya es particular y merece ser contada; es por eso que decido escribir sobre una vida en particular.

Don Francisco dice:

Nací en Patzún el 2 de abril de 1936; éramos cuatro hermanos, dos mujeres y dos varones. Éramos muy pequeños cuando fallecieron mi papá y mi mamá, así que crecimos los cuatro ayudándonos entre nosotros y aprendimos a trabajar, a cuidar de nuestros animales y a nosotros mismos.

Cómo era la cosecha y el almacenamiento del maíz 

Existen en las comunidades muchas celebraciones o rituales de matyoxinik (agradecimiento), por varios motivos; por ejemplo, los alimentos que obsequia la tierra cada año son uno de esos motivos por los que se agradece y se celebra. La cosecha de maíz y su almacenamiento se representan en la celebración de Qasan jal.[3] Aquí se plasman sus recuerdos con su padre y el cultivo de maíz.

Nosotros vivimos entre tanta meb’ai’l (pobreza) y poqonal (sufrimiento). Todavía tengo algunos recuerdos de mi niñez con mi papá, por ejemplo, el trabajo en la tapisca y la mazorca que venía de los terrenos en caballos que alquilábamos a una familia ladina de apellido Carranza. Cómo las mujeres de la casa nos esperaban con el atol ch’oy (un tipo de atol de masa), a nosotros y a los arrieros. También con un poco de aq’om (alcohol o aguardiente hecho en casa), para recargar energías.[4] Cuando venían por los caminos, gritaban ¡Ijajaaayyyyy! También decían ¡mula!, ¡mula! (se ríe), a los caballos para que avanzaran con la carga.

Mi papá tenía siembras en Pa Caman, Pa rujul utiw y Tza’n jay (nombres de lugares de cultivo en Patzún). Recuerdo que miraba la mazorca en los grandes patios secándose y, después, se realizaba la gran fiesta de Qasan jäl (consiste en el trabajo de almacenar la cosecha). Había música qïtz’ (con guitarra y violín) y mataban karne’l (oveja), para preparar el delicioso platillo que a mí me encanta: k’ëj (comida propia de la comunidad de Patzún, a base de maíz). Todavía hasta hace unos tres años, cuando me iba a tapiscar con todos mis nietos y mis hijos, pedía favor a una de mis hijas o a mis hermanas (que aún vivían en ese entonces), para que prepararan k’ëj.

Cuando era niño, mi papá preparaba con gran esmero nuestro k’ujay (troja); estaba limpio, bonito porque era el lugar que almacenaría el maíz de todo el año y yo veía cómo colocaban sus candelas, su pom (incienso), saqchäj (pino) y un tzuy (jícara), grande con atol ch’oy. En un altar que hacían y regaban aq’om (aguardiente), sobre la mazorca.[5]

Hambre y trabajo

No hay que dejar de mencionar que también ha habido terribles épocas de wayjäl (hambre) y él las vivió cuando era pequeño. Las siguientes afirmaciones son un ejemplo de lo que los pueblos indígenas han vivido en relación con su estancia en la costa sur. Seguramente hubo muchos motivos por los cuales la gente emigró, temporal o permanentemente. Tal vez en Patzún, en menor grado que en otros pueblos, pero sí fue una opción o, si no, una necesidad para los indígenas: dar su fuerza de trabajo para obtener comida.

Recuerdo que la gente en Patzún tenía un poco de tierras, pero hubo una temporada en que no había qué comer, como yo era todavía pequeño, no recuerdo qué fue exactamente lo que pasó con las milpas, no sé si fue el frío, el viento, la helada, o no hubo lluvia. Solo recuerdo que muchas personas, incluyendo mujeres, se dirigieron a la costa a las haciendas; tal vez fueron a sembrar sus milpas o a trabajar para comprar.

Don Francisco dice:

Recuerdo que hubo una época en que mi papá tuvo que ir a la costa y él nos decía exactamente qué fecha iba a regresar. Nos íbamos en saquiya (a las afueras del pueblo), a esperarlo. Han pasado los años, pero recuerdo que lo veíamos desde lejos por el camino trayendo en su espalda un quintal de maíz, nosotros lo encontrábamos y le dábamos un «trago» (alcohol o aq’om), para el cansancio, después veníamos caminando juntos otra vez. No sé cuánto tiempo nos dejaba mi papá y cuánto tiempo se hacía caminando,[6] como allá en la costa, rápido salía la milpa. Solo secaban la mazorca, la aporreaban y después se venían cargando su maíz.

Figura 2. Camino de Saquiyá en la actualidad, hacia las aldeas de Patzún.  Fuente: Glendy Xulú

El maíz y el hombre se conocen porque lo siembra y lo cuida; nos alimenta. Para mí, no hay que tirarlo, no debe ser despreciado, aunque sea solo un grano de maíz. Cuando se tapiscaba y se cargaban las grandes redes de mazorca, se veía a veces el maíz tirado, los hombres se tenían que agachar para recoger, aunque sea un grano porque «valía oro». ¿Por qué? Porque conocés el hambre y la has sentido.

          Por el hambre, los hombres tuvieron necesidad de ir a la montaña a buscar lo que se llamaba «madre maíz» (tipo de tubérculo). Era una raíz como de güisquil, como el ichintal y que había colores como del maíz; juana (maíz negro), säq jäl (maíz blanco) y eran raíces que parecían mazorcas. Los hombres las buscaban porque las mujeres las mezclaban con su masa de maíz o las usaban como afrecho para hacer semitas (tipo de pan). Otras veces era preferible tostar los granos de maíz para no desperdiciar nada, ya que a veces la masa se quedaba entre ka’ (la piedra de moler).

Quedan huérfanos

Cuando mi papá y mi mamá ya no estaban, mis hermanos y yo tuvimos que ver cómo salíamos adelante, así que decidimos cuidar las vacas y toros que habían dejado nuestros padres. Mis hermanas también ya hacían alboroto (poporopo de maicillo). Lo habían aprendido porque lo hacían también mi abuela y mi mamá. Con gran tristeza por la falta de ellos, seguimos luchando y un día, tuve que irme y dejar a mis hermanas «Chica» [Francisca],[7] Carmen y mi hermano «Layo» (Eduardo), pero ellos siguieron sus vidas a través del cuidado de los animales y otros trabajos como hacer b’ose’l (alboroto de maicillo con panela), cuidaron de la casa, se hicieron cargo de las vacas y toros y cuidaron de ellos mismos mientras yo me fui en el cuartel. Yo regresé a Patzún, dos años después del servicio militar. 

Experiencia en el servicio militar y la ciudad

Al internarse en el servicio militar en la ciudad capital, tuvo muchas experiencias fuera de las que conocía en su comunidad. Describió la ciudad y lugares específicos como el Trébol, la Terminal, la Bolívar (lugares que hasta hoy día son comunes y familiares para los indígenas por comercio, transporte, etc.) y, por supuesto, su experiencia en el cuartel militar.

Figura 3. Documento de 1958, que lo certifica como Sargento II Fuente: Foto familiar proporcionada por uno de sus hijos

La ciudad era solo espacios de puro monte y animales [tal vez hablaba de animales vacunos]; se podían contar los pocos carros porque no había mucha gente. No sé por qué no se me ocurrió comprar un mi terreno por ahí cerca.

Cuando estuve en el cuartel, fui el mejor portero del equipo de futbol, aprendí el español. También tuve un compañero que se mató con una granada en la boca dentro de los cuartos del cuartel. Yo manejé un tanque y aprendí a usar un cañón [mostró sus documentos que lo acreditan como Sargento I, II, que guarda con gran cuidado).[8]

          Seguramente, representan en parte los logros y desafíos que en ese entonces tuvo, representan un medio que ayudó a enfrentar el racismo de esa época. Claro que prestar el servicio militar en épocas como la de los 50 o 60 (época en la que él estuvo ahí), también fue un mecanismo de los gobernantes para abolir la «ignorancia» y dar paso a la «civilización». Así que los indígenas vivieron el servicio militar en dos matices: para ser civilizados y, para ser usado por ellos mismos como herramienta para enfrentar la dominación.

          Parece revelador el hecho de que los jóvenes que regresaban del servicio militar, así como don Francisco, se posicionaban desde otro punto de vista frente a los ladinos del pueblo y se atrevían a encararlos, utilizando el idioma español. Porque se mantenían intimidando a los jóvenes indígenas con su imaginario sobre «superioridad». «Cuando regresé a Patzún después de haber cumplido con el servicio militar, encontré a mis hermanas y hermano trabajando para mantenerse, cuidando sus bienes, animales y milpa».

Un hombre bilingüe

Aprender a escribir bien y a leer, por medio de su estancia en el cuartel y en la ciudad capital, fue un gran logro para él. Tal vez esta es la razón por la que pensaba que debían hablarles en español a los niños, sus nietos. Su hija Albertina dice que «quienes llegaban al pueblo después de haber logrado salir, aunque sea solo una vez del pueblo, eran como admirados o con más conocimientos (meyoj, etamab’el)».

          Una de sus nietas recuerda: «nos hacía reír cuando lo veíamos escribiendo porque nos decía: «esta sí es buena letra», haciendo referencia a su escritura y sus letras de carta o cuando manipulaba su celular, que fue parte de la tecnología que aprendió a usar ya de grande».

El comienzo de su trabajo con una yunta

Un día, decidimos llevar a las vacas y un toro (los que cuidaron sus hermanos mientras él estaba ausente), a un potrero y ahí mismo, yo tuve una oportunidad. Resulta que en ese potrero encontré a otro toro y decidí comprarlo para formar mi propia yunta. Así comencé otra etapa de mi vida, trabajando con mi yunta, arando los terrenos de la gente porque en ese tiempo, solo lo hacía gente de otro pueblo, Tecpán, y no había tractores.[9]

Trabajaba arando terrenos con mis bueyes, pero tiempo después, decidí utilizar mi yunta para transportar trozos desde las montañas y sacar madera. Este tipo de trabajo lo realizaban los ladinos, como la familia Marroquín, o solo algunos qawinaq (nuestra gente), como don Pedro Apen, don Pedro Gómez, yo y otros de las aldeas Las Mercedes, Xepatán…[10] Comencé a trabajar con las yuntas, pues, junto con ellos.  Fui conociendo poco a poco a la familia de los Marroquín porque trabajábamos juntos y ellos me fueron conociendo a mí. Trabajé directamente junto con esa familia.

Intuyo que saber hablar el idioma español permitió a don Francisco desenvolverse y relacionarse más fácilmente con los ladinos que se dedicaban a ese trabajo.

Desde ese entonces, me dediqué a ese trabajo, siempre con mi yunta trabajando para sacar madera en los bosques; dejaba mi casa por muchos días y por eso, este mismo trabajo lo heredé a dos de mis hijos, y uno lo trabaja hasta la actualidad. Mi hijo Óscar quien es el mayor y que tiene aproximadamente 60 años, sigue haciendo el mismo trabajo.

Lo que trajo la Revolución de 1944

Tal como se menciona al principio del escrito, don Francisco no fungió como un líder comunitario, ni incursionó en los ámbitos de la política o la religión; sin embargo, sí vivió acontecimientos que marcan la historia de Guatemala y la de los pueblos indígenas y, él comparte su experiencia como indígena.

Yo recuerdo que, de pequeños, éramos muy pobres. Nuestras camas no eran como las de ahora; había grandes patios, pero nuestra cocina era el mismo lugar donde dormíamos. Nuestro ch’at (cama), era el suelo, de sale’y (cuero de oveja) y en las mañanas era común que la gente revisara sale’y, para limpiarlo. En las mañanas los guardábamos y en la noche los tendíamos otra vez para dormir. Las mujeres hervían los sale’y de vez en cuando, los colocaban en agua caliente para lavarlos y que murieran las pulgas.

Saber en qué año fue, pero recuerdo que hubo una vez que pasaron aviones y pasaron fumigando desde el cielo, desde ahí, se terminaron mucho las pulgas. Yo digo que ahí se preocupó el Gobierno por nosotros.[11] En ese tiempo también llegaban las personas a las casas; saber si eran maestros, pero buscaban a los niños para ir a estudiar. Padres y madres los escondían en las trojas, en cualquier lado. En ese entonces hubo una escuela; le decían «Escuela Niño».

          De alguna manera, la Revolución de 1944 tomó en cuenta a los indígenas. Dándoles escuelas para la educación, salud, medios para la higiene, por ejemplo. Sin embargo, lo hacía con una mentalidad «civilizadora» sobre el «atrasado». 

El terremoto de 1976

El terremoto de 1976 marca muchas de las transformaciones en el pueblo de Patzún, en la infraestructura, en la educación, en el trabajo de hombres y mujeres o en las relaciones sociales. Don Francisco fue una de las personas que sobrevivieron a este suceso y cuenta cómo su familia, sus vecinos y su comunidad sobrevivieron y se levantaron después del terremoto que azotó al país y a su pueblo.

          Dados:

Hace unos 40 años, todas las casas eran de adobe y no había energía eléctrica. Por eso murió mucha gente en el terremoto. Yo lo viví y recuerdo que fue de madrugada. Mi hijo Óscar estuvo a punto de morir; lo salvó un costal de chile seco (una variedad), que estaba arriba de su cabecera, y una viga cayó primero sobre el costal y no sobre su cabeza. Mi hija Albertina, no era su hora porque ese día se quedó a dormir con mis hermanas y una viga cayó sobre su almohada en su cuarto, vaya que no estaba.

Ese día, recuerdo que salimos a ver si nuestra familia estaba bien, si nuestros vecinos estaban bien. No había luz; poco a poco fue amaneciendo, pero no podías ver nada por el polvo en el aire; ya no quedaba ni una casa. Don Apolinario, don Gil, mis vecinos, todos estuvimos juntos después.[12] Después vinieron mexicanos a ayudar al pueblo; estuvieron por allá por el instituto[13] y muchas casas también de block que se ven ahora; las dejaron hechos los noruegos.[14]

¿No has escuchado una historia que cuenta la gente sobre el terremoto? Dice que estaban los santos, San Bernardino, San Francisco y San Juan platicando. ¿Cuántos vas a dar? Decía uno, San Bernardino dijo: yo no voy a dar muchos porque creen en mí, me respetan, me ponen mis candelas y me rezan. Ve, por eso dicen que aquí no murió mucha gente como en otros pueblos.[15]

          Cuenta su hija Albertina:

Un mi primo quien acostumbraba ir a la costa en ese tiempo a trabajar, dice que se vino a pie hasta Patzún de la costa, por Patulul y Cocales y allá, a las afueras del pueblo dice que volteó a ver y ya no se miraba la torre de la municipalidad y la iglesia, entonces, se dio cuenta de que se habían caído por el temblor.

Época del conflicto armado

Cuando fue la época de la violencia por parte del ejército (conflicto armado), yo estaba en este trabajo con mi yunta sacando madera de los bosques. Íbamos a las montañas por varios días, semanas. Yo me iba con mis hijos y por eso entrábamos en los bosques. La verdad, yo y mis hijos sí vimos algunas cosas. Se quemaba maíz, se escapaban animales, se quemaba la cosecha.

En ese tiempo daba miedo salir; recuerdo que dormíamos en grupo cuando estábamos reunidos todos en la casa. Mi familia conocía muy bien a un muchacho que era hijo de una familia ladina. Ese muchacho venía a nuestra casa, compartía con nosotros, hasta cargaba a mis nietos. Una madrugada, en el rastro (donde mataban y destazaban a los animales), vinieron a matarlo. Dicen que una persona estuvo sentada a un costado del rastro y lo estaba esperando [por sus características y vestimenta, don Francisco piensa que era un guerrillero]. Ay Dios…, en ese tiempo, ya a las seis de la tarde, ya tenías que estar en tu casa y a la hora de comer, nadie hacía bulla, todos en silencio.

Doña Albertina, su hija, en relación al joven que asesinaron, cuenta:

Este joven tal vez tenía relación con los soldados y salía de noche. Recuerdo que una vez nos contó cómo era el cuerpo humano por dentro, porque él ya lo había visto. A veces se iba a quedar a dormir en la casa de mi primo porque regresaba de madrugada. Lo conocíamos muy bien, y él a nosotros, pero le teníamos cierto miedo. Pero seguramente no pensaba hacernos daño porque los conocíamos muy bien…

Casamiento

Como todos los matrimonios, son historias muy particulares y a veces hay dificultades. La historia del matrimonio de don Francisco fue muy compleja. Nos contó cómo es que conoció a su primera esposa, Nicolasa, pero su hija Albertina contaba que doña Nicolasa era de la aldea Sabalpop, pero tenía familiares cerca de donde vivía don Francisco en el pueblo y venían de visita de vez en cuando. Fue así como se conocieron, aunque, como él iba a las aldeas por su trabajo, doña Albertina piensa que se fueron conociendo también por ese motivo.

          Don Francisco dice:

Cuando mis hijos Óscar, Marino, Albertina, Carmen y César eran muy pequeños, su mamá se fue; solo se llevó a César, el más pequeño. Él era bebé. Mis hermanas, Carmen y «Chica», me ayudaron a criar a mi hija, Carmen. Óscar, Marino y Albertina se quedaron conmigo.

          Sus hijos cuentan que don Francisco era un hombre que transmitía miedo, era muy estricto, tal vez, de alguna manera aplicó una disciplina con sus hijos según lo que había aprendido en el cuartel militar.

Apoyo de sus hermanas

Él habló sobre su vinculación con sus hermanas, a qué se dedicaron durante su vida, su trabajo en la agricultura sosteniendo su milpa, y cómo ellas cuidaron a una de sus hijas cuando él se separó (la mayor parte de la vida de sus hermanas la vivieron sin una pareja).

          Es importante reconocer el trabajo y apoyo de las mujeres en las familias y la comunidad. Son la complementariedad que lleva al éxito en el desarrollo de algo. También, compartir el trabajo es un código de la convivencia. Mujeres como las hermanas de don Francisco fueron clave para qué él lograra seguir adelante y la figura materna que ellas representaban ayudó a sus hijos a salir adelante.

Mis hermanas, «Chica» y Carmen me ayudaron mucho cuando me quedé solo con mis hijos. Ellas se hicieron cargo de mi hija pequeña, por eso también mi hija aprendió el oficio de la preparación y venta del alboroto, porque ellas hacían eso. Mis hermanas tuvieron esposos, pero se separaron. Solo una de ellas tuvo un hijo, pero murió por «el guaro».[16] Ellas compartieron con mi primera esposa y vieron cómo nos separamos con Nicolasa y también compartieron con Juana, mi segunda pareja.

Segunda pareja

Después de un tiempo viviendo solo con sus hijos, conoció a Juana Ixén López, una mujer comerciante, separada y con dos hijos. Fue la mujer que lo acompañó hasta parte de su vejez, a quien conocieron sus nietos como su abuela. Los hijos de ella eran Manuel y Rafael. Junto a ella, don Francisco experimenta otra etapa de su vida.

          Dados:

Ella era comerciante, una de las pocas mujeres que vendía; tenía una venta grande y surtida en el mercado y, además, también era una de las pocas personas que viajaban a la ciudad capital para conseguir productos que eran muy escasos o hasta desconocidos en el pueblo. Ay, Dios… vendía de todo. Fuimos casi los primeros en poner una de las primeras tiendas del cantón donde vivimos y seguramente del pueblo. Era una tienda con una variedad grandísima, consumo diario, medicinas, frutas, verduras, especias, artículos, candelas y gas. Antes, recuerdo que cuando eran casi las cinco o seis de la tarde, se necesitaban por lo menos tres personas para atender la tienda, porque toda la gente llegaba a comprar candelas y gas.[17]

Aprender a ser comerciante

Seguramente, vivir con doña Juana lo llevó también a aprender el trabajo de comerciante. Es así como se explica por qué don Francisco llegó a tener y siguió con un puesto de mercado ya en su vejez y su tienda en su casa en los últimos años de su vida.

          Don Francisco dice:

En todo este tiempo que dedicamos a la venta, al comercio en el mercado y a la tienda en la casa, yo me dediqué a trabajar para pesar y medir con balanza romana cada sábado. Cada sábado lo mismo: muchos quintales de arroz, azúcar, sal, fideos y contaba el producto al final del día. Yo siempre contaba el producto trabajado: «uno, dos, tres, treinta y dos, cuarenta», y así

Recuerdo que cada semana íbamos a La Terminal,[18] allá estaba el área de tomate: «La tomatera». Eran grandes perchas de cajas de tomate; ahora de plano ya cambió bastante ese lugar. Mis hijas también aprendieron este oficio de vender: mi hija Albertina, Carmen y mis nueras Yolanda y Juana. A Albertina la conocen muy bien como comerciante. Hoy día se ha vuelto una comerciante muy exitosa, no tanto por lo económico sino por su reconocimiento entre la gente.

          Doña Albertina logró tener también un puesto en el mercado de Patzún y en Tecpán, pero en la actualidad ya solo se dedica a atender su tienda en el pueblo porque, según ella, ya no tiene muchas fuerzas. Cuenta su hija Albertina: «Mi mamá Juana, mi papá, mi hermana Carmen, mi cuñada Sara y yo, logramos tener nuestros puestos en el mercado de Patzún y Tecpán». Las nueras, Yolanda y Juana, tenían un puesto en el mercado de Patzún, pero solo Yolanda siguió con este oficio.

          De su experiencia como comerciante junto a doña Juana, recuerda don Francisco: «yo vendía por el parque central y ella atrás de la iglesia colonial de Tecpán. Cada jueves madrugábamos para ir a vender».

Tener un «carro»

Nosotros a puro sacrificio, juntos, logramos comprar nuestro primer picop. Nos fuimos una vez al puerto en el carro, con mis nietos y mis hijos. Recuerdo que, en las subidas de un camino, tuvimos que bajarnos porque el carro no lograba salir de la cuesta y utilizamos los cocos que habíamos comprado para detener las llantas del carro. A ese carro lo llamábamos «el Mazda».[19] Después del Mazda, tuvimos otro picop que utilizamos para irnos al mercado de Tecpán. Siempre buscábamos chofer porque yo nunca aprendí a manejar.

Hijos con doña Juana

Solamente tuvo un hijo con doña Juana; se llama Rodolfo. El único que logró estudiar hasta llegar a ser un maestro. Sin embargo, aprendió y convivió siempre con el trabajo de don Francisco, con dedicarse a los bueyes, la yunta y el oficio del comercio. Él estuvo en un internado para graduarse en el magisterio. Don Francisco, vivió con su hijo Rodolfo los últimos años de su vida, hasta su muerte.

Nietos y Elesan ch’at

En relación con sus nietos, habló sobre una bebé que había fallecido. Él aseguraba que eso ya estaba predicho y que la historia no podía cambiarse porque lo habían revelado «las candelas».

          Don Francisco se refiere a uno de los rituales de agradecimiento que se acostumbraba a realizar, Elesan Ch’at[20] (después del postparto). Cuando una madre y su bebé salían a la sociedad, salían de su habitación por primera vez, después de guardar una cuarentena posterior al parto. Es un ritual muy antiguo que consistía en hacer una pequeña ceremonia que iba acompañada de oraciones, rezos y elementos importantes como el pino, candelas, flores y aguardiente. Lo debía hacer una comadrona o una anciana, ya sea de la familia o no. Ese ritual era crucial porque determinaba el futuro de un bebé.

          Cuenta don Francisco: «la niña bebé se llamaba Vilma, sus candelas caían y, aunque las intentaban colocar de pie, volvían a caerse y no pudieron permanecer de pie». Don Francisco recordaba con tristeza: «Ma xe pae’ ta ri candelas [sus candelas no se mantuvieron de pie], recuerdo que cargué a esa mi nieta, era bien linda, sana, pero todas sus candelas se cayeron y cabal, no sobrevivió. Maxk’ase ta ri ak’wal, xkom [no sobrevivió mi nieta, falleció]», dijo.

          «Hay muchas costumbres que ya no hay, o se han transformado». Seguramente son ahora menos elaboradas o, simplemente ya no se realizan.

Su gusto por conocer: «pasear»

A mí siempre me ha gustado conocer lugares; hemos salido a pasear mucho, aunque no tengamos mucho dinero, solo a conocer y para nuestra comida. Tantas cosas pasamos cuando salíamos. Esquipulas fue uno de los lugares a donde siempre fuimos, aunque está muy lejos.

Dijo que siempre quiso conocer México, pero nunca pudo ir.  Decía también: «mucha gente visita a la Virgen de Guadalupe en México». Entre bromas mencionaba: «Jalisco, Guanajuato. Dejé de viajar cuando falleció Juana, hace aproximadamente unos 15 años». Cuando dio inicio a otra y última etapa de su vida.

Última etapa de su vida

Después de que falleció doña Juana, sus hijos cuentan que él se hizo cargo de la tienda que tenían en la casa (más pequeña que la de muchas décadas atrás) y de su propio puesto en el mercado de Patzún, porque aún se sentía con fuerzas, aunque a veces había alguien ayudándolo. Continuó con su vida, pero ahora solo. No se fue a vivir con alguno de sus hijos. Algunas veces se lo llevaban a sus casas, a una celebración, una comida, un paseo, pero decía que no podría acostumbrarse a vivir con alguno de ellos, estaba acostumbrado a su casa y ahora, a estar solo sin doña Juana.

Figura 4. Don Francisco con una bisnieta en su tienda. Fuente: Archivo propio

Cada vez se veía más cansado y un día, ya no fue a atender su puesto en el mercado, así que se lo dejó a su hija Carmen. Se quedó solamente con su tienda en la casa que tenía por nombre «San Francisco». La gente ya lo conocía y los niños al tocar solo gritaban: «¡Tat Mashito!». Su tienda y cocina estaban en un mismo compartimiento y sus hijos cuentan que «a veces se quedaba dormido y ya no escuchaba cuando tocaban en la tienda».

Ciertamente, cuando en un hogar conviven personas de todas las edades, niños, jóvenes, adultos y, especialmente, ancianos, hay momentos en que no se comparten las ideas. Por ejemplo, las formas de pensar o de actuar y comportarse con los ancianos. Según sus familiares, parte de esto fue lo que vivió don Francisco en algunos momentos de su vejez. Esto no quiere decir que no haya existido un vínculo profundo e inquebrantable entre sus hijos, nietos y demás familia, con él.

Los gustos hacia la comida, los pensamientos sobre la religión, el trabajo o la diferencia entre hombres y mujeres y cómo recrearse, eran aspectos de los cuales diferían de vez en cuando. Sus nueras e hijas eran las encargadas de su alimentación, aunque las más cercanas (distancia entre sus casas), lo hacían la mayoría de las veces. El lavado de su ropa, por ejemplo, lo hacían personas en su familia, o a veces lo encargaban. Cuando era su cumpleaños, aunque su familia lo tenía presente, él se encargaba de recordárselo y les pedía que lo celebraran; les pedía a las mujeres que prepararan una comida especial. Les daba a ellas una cantidad de maíz de su propia cosecha para dicha celebración. Él también siempre cosechó maíz hasta sus últimos años de vida. Parte de sus terrenos ya los había heredado, pero él se había quedado con los terrenos de Pa Caman para su propia subsistencia.

Pandemia

Justo en esta etapa de su vejez, entró la pandemia del COVID-19 a Guatemala en 2020. Vivió la experiencia del cordón sanitario que se impuso el 5 de abril del mismo año en el municipio por un primer «caso comunitario». Sus nietas mostraron unas mascarillas de tela que le regalaron y que él usó.

Uno de esos días en que estaba vigente el «toque de queda», que también impuso el Ministerio de Salud y el Gobierno durante la pandemia, después de la hora de almuerzo, don Francisco fue a la pequeña terraza a sentarse mientras su familia platicaba en el espacio contiguo, donde almorzaron. De repente se escuchó un sonido fuerte, cuando se levantaron, se dieron cuenta de que don Francisco se había caído y, al momento de querer levantarlo, vieron que tenía algunos golpes. Por su aspecto se dieron cuenta de que estaba sufriendo un derrame cerebral o un infarto. Inmediatamente, entre todos lo levantaron y lo llevaron a su habitación. Estaba consciente, tal vez podía escucharlos, pero no veía y apenas se le podía entender las palabras que decía.

Estuvo en ese estado durante casi 10 días, postrado en su cama, mientras le lavaban las heridas causadas por la caída y trataban de alimentarlo poco a poco. Hubo una vez que, por medio de señas, pidió que le dieran un poco de aq’om (alcohol); tal vez era uno de sus últimos deseos: «para refrescar su alma». Hasta que, un 12 de mayo de 2020, a las cuatro de la mañana, mientras Carmen, su hermana, hijas y nietas lo velaban, dejó de existir.

Últimas palabras

Esta ha sido una breve descripción de la vida de un indígena, campesino y patzunero. Quien compartió su historia no para que fuera admirado por la gente, sino porque contarla era como si estuviera viviendo nuevamente su niñez, juventud, época adulta y vejez, y se reflejaba en sus expresiones y gestos en relación con lo que vio y vivió. A través de su historia se puede reflexionar sobre los acontecimientos que han marcado el país, su comunidad y su familia. Ahora forman parte de la memoria familiar, incluso de la memoria colectiva de un pueblo en particular.

Su familia agradece esta muestra de aprecio hacia su padre. Dar a conocer al público parte de la vida de una persona que, como otros, también vivió la orfandad, el hambre, la explotación, el racismo, el temor y la supervivencia. Una historia que representa la vida en los pueblos. Se invita a que las demás historias de familias permanezcan y que sean siempre recordadas para que las conozcan las nuevas generaciones.

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[1] Él y sus amigos eran objeto de burlas y acoso por parte de los jóvenes ladinos del pueblo.
[2] No hay una palabra en kaqchikel que signifique racismo, pero sí hay muchas palabras que se han utilizado para nombrar a los indígenas y que podrían definirse como racismo. Estas palabras definen a ciertos animales, o tal vez a algo sin valor y esencia. En éste caso, pueden explicar la magnitud del desprecio cuando las utilizan para referirse a los indígenas (conversación personal con investigador kaqchikel).
[3] Celebración familiar para agradecer la cosecha de maíz.
[4] Aq’om le llaman en Patzún a cualquier bebida que contenga alcohol, como la cerveza o el aguardiente.
[5] Este ritual se hacía frente o dentro de la «troja», cuando el maíz estaba ya almacenado.
[6] No había transporte para trasladarse. ]
[7] Siempre la llamaron Chica, pero su verdadero nombre fue Juana. En muchos casos, ocurre esto con las personas que ahora son mayores; originalmente tienen un nombre de pila, pero durante toda su vida se les llama de otra manera.
[8] Como entrevistadora, tuve la oportunidad de ver una vez esos documentos porque siempre han estado en “un lugar especial” según cuenta (observación).
[9] Don Francisco fue una de las personas que dio su grano de arena para la transformación del trabajo en Patzún, por ejemplo, fue uno de los primeros en trabajar con yunta en el pueblo.
[10] Aldeas de Patzún.
[11] Se refiere a las disposiciones de gobierno que iniciaron con la Revolución de 1944, ya que los gobiernos pasados no tomaban en cuenta a los indígenas, esto, según la percepción de don Francisco. Demuestra las condiciones inhumanas en que vivían los pueblos indígenas, pero también, las acciones gubernamentales para inducir a las poblaciones al camino de la «civilización».
[12] Después del terremoto, se quedaron en grupos vecinales, comían y dormían juntos y así estuvieron por mucho tiempo.
[13] Sector ubicado a las orillas del pueblo de Patzún.
[14] Los mexicanos y noruegos llegaron y ayudaron a que el pueblo se levantara nuevamente, construyendo casas para los habitantes. Por ejemplo, en Tecpán, todavía existen casas que fueron otro modelo que construyeron voluntarios de otra nacionalidad, como canadienses e italianos. Por la ayuda que recibió Patzún, de Noruega, se le puso el nombre de Colonia Noruega a una nueva colonia que surgió después del terremoto.
[15] Este sueño que permanece en el imaginario de muchos patzuneros, seguramente se refería a los feligreses, su relación con los santos y el terremoto que se aproximaba.
[16] Nombre popular del alcohol o aguardiente en Guatemala.
[17] En ese entonces, en la década del 80, casi todo el pueblo no contaba con energía eléctrica, solamente había dos o tres focos alumbrando lugares específicos del pueblo.
[18] En la ciudad capital, zona 4.
[19] Compraron ese picop con la familia ladina Marroquín, con quienes trabajaba don Francisco usando su yunta.
[20] Ritual de nacimiento

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