Las confesiones del “carnicero” y “la condición humana”

Dra. Aura Cumes

Las confesiones del “carnicero” y “la condición humana”

Por Aura Cumes

En su novela El sueño del celta, el escritor Mario Vargas Llosa narra la vida de Roger Casement, un irlandés que documentó horrendas atrocidades cometidas por los colonizadores belgas contra los habitantes del Congo y los ingleses contra los pueblos originarios en la Amazonía entre Perú y Colombia. Tales hechos ocurrieron durante la llamada “fiebre del caucho” en la última parte del siglo XIX y los inicios del siglo XX. Los colonizadores usaron indescriptibles formas de crueldad, masacrando, mutilando cuerpos, cortando orejas, narices, piernas y manos. Los registros visuales siempre son poderosísimos. Sin contar los muertos, las fotografías muestran a niñas, niños y adultos vivos, sin brazos o con otras partes de sus cuerpos cercenados y con profundas cicatrices, como resultado de las torturas y castigos ejemplificantes a quienes se rebelaban o no cumplían con la tarea de caucho exigidas por la voraz industria colonial.

….. Ahora, me remito a otro ejemplo tan brutal como el cometido por los colonizadores, con la diferencia que éstos los ejecutaron masivamente, hablo del asesinato de la joven señora q’eqchi’ Alejandra Ico Chub, por parte de su pareja Mario Tut Ical, también q’eqchi’[1]. En un video que circulo en las redes sociales, que no fui capaz de mirarlo, una persona gravó y difundió los momentos de agonía de Alejandra luego de que su pareja cercenara su cuerpo de una manera inmensamente cruel. Días después habitantes de otra comunidad encontraron al supuesto asesino apodado “el carnicero” quien confesó los hechos cuando era rodeado por periodistas locales. De una manera sumamente fría, narra con detalles los motivos grotescos que lo llevaron a destruir el cuerpo de Alejandra hasta privarla de su existencia, dice que lo hizo por “celos”.

….. Cuando nos encontramos frente a hechos tan espeluznantes, donde pareciera que la crueldad humana ha llegado a sus límites, y si estos llegan a sorprendernos, nos preguntamos, quienes fueron capaces de cometer tales brutalidades, qué los condujo a ello o por qué lo hicieron. Decapitar, cercenar cuerpos, cortar lenguas, cortar narices, cortar manos y pies, violar a las mujeres, estrellar cabezas de niños en piedras, abrir vientres como ya lo había narrado Bartolomé de las Casas en el siglo XVI, lo repite Europa en los lugares que coloniza, pero también lo volvimos a vivir en estas tierras durante el “Conflicto Armado Interno” (1962-1996); fueron métodos usados por el Estado guatemalteco a través del ejército, contra miles de mujeres y hombres de todas las edades. Estas formas de muerte, se vuelven a aplicar ahora contra campesinos e indígenas hombres y mujeres asesinados o apresados por defender su territorio frente a la voracidad de empresas que buscan imponer sus proyectos extractivos a toda costa en esta otra faceta de saqueo colonial.

….. Mientras Vargas Llosa hablaba de su libro, una periodista le pidió que explicara sobre por qué consideraba que su novela histórica era también un retrato “de la condición y de la maldad humana”, y si es que acaso la “maldad” es algo intrínseco a los seres humanos. La respuesta del escritor es lo que me interesa hacer notar; argumentó que todo esto es una prueba de que hasta las sociedades “civilizadas”, “cristianas”, “cultas” llegan a convertirse en “bárbaras” y “salvajes” en determinadas condiciones. De hecho, Casement, el héroe de su novela, viajó al Congo y a la Amazonía para ver cómo “la generosa” y “la cristiana” Europa civilizaba a esas “tribus caníbales”, “paganas”, que vivían en la “edad de piedra”; esos que sometían a sus mujeres y a sus niños a horribles castigos. Pero lo que vio lo horrorizó, y reconoció que “la barbarie” y “el salvajismo” colonial eran infinitamente peores que el supuesto canibalismo y los sacrificios humanos, que se atribuía a indígenas y negros.

….. Los mitos coloniales son poderosos, estos han usado el racismo para imponer ontologías diferentes a las gentes. Por ejemplo, Vargas Llosa plantea que, los europeos “civilizados” solo se convirtieron en “bárbaros” en situaciones de impunidad, en momentos y lugares donde no había ley, y por eso, tanto en este caso, como en otros, esos “cristianos”, esas gentes “educadas” han cometido atrocidades. Mientras tanto, cuando se observan hechos como el asesinato de Alejandra y otros casos, inmediatamente brota la ontología racista impuesta contra los indígenas, “así son ellos de salvajes y bárbaros”, en las subjetividades de quienes así piensan, no existen las condiciones como las que Vargas Llosa atribuye a los europeos “civilizados”. Estos mitos coloniales funcionan como mecanismos de ocultamiento de las atrocidades cometidas por los “civilizados” para magnificar el horror de las atrocidades cometidas por los “barbaros” y volverlas “naturales”, “tradicionales” y “culturales” ante los ojos ajenos y propios. Darle la espalda a la historia es eficaz para el poder.

….. Al mismo tiempo que los belgas y los ingleses saqueaban el Congo y la Amazonía, destruyendo irreparablemente la vida de sus habitantes nativos, los alemanes lo hacían en Las Verapaces también bajo el disfraz de “civilizar” a los indígenas cuyos ancestros habían sobrevivido a la colonización española. Con similares crímenes a los descritos, arrebataron las tierras a los q’eqchi y poqomchi’, los ataron a las fincas cafetaleras como esclavos y siervos, creando mecanismos para hacerlos dependientes, inclusive vendiéndolos como parte de las fincas todavía a principios del siglo XX. Una implacable violencia ha sido la respuesta contra quienes han mantenido la esperanza de ser nuevamente libres, recuperando sus tierras, tal como ocurrió durante la Reforma Agraria en la década de 1950 y en los años del Conflicto Armado Interno. En el área q’eqchi’ y poqomchi’ la finca ha sido el Estado y el Estado ha sido la finca donde los patrones españoles, luego alemanes, después ladinos, ladinizados, mestizos y también nuevos extranjeros blancos, gobiernan y siguen robándose las tierras y las inapreciables riquezas de ese territorio cuidado milenariamente por los q’eqchi y poqomchi’. En esta nueva fase colonial, grandes plantaciones de monocultivos de palma “africana” invaden los territorios donde antes vivían las familias indígenas, sustituyen bosques de una biodiversidad increíbles, y ríos de gran historia milenaria son perseguidos para ser apresados a toda costa por la ambición de la instalación de hidroeléctricas cuyo fin último es el lucro desmedido.

….. En Alta Verapaz hemos visto en repetidas ocasiones arder y consumirse en las llamas la vida de comunidades completas en los desalojos. Las víctimas son los descendientes de aquellas familias cuyos colonizadores los hicieron dependientes pero los desechan cuando les perecen inservibles. La vida diaria privada y pública muestra de manera impactante las hondas jerarquías que se viven, como consecuencia de la trama colonial creadas a fuerza de la violencia. Se ha herido gravemente el sentido de equivalencia entre personas, y las relaciones humanas se comprenden y establecen a partir de un entrelazamiento de jerarquías raciales, sexuales y de clase. Por ejemplo, he visto a “patrones” y “patronas”, en las fincas y en las casas, golpear a sus “mozos” y “sirvientas” de manera similar a como lo hacían los esclavistas con sus esclavos. He visto en hoteles, restaurantes y tiendas gente que tira agua a los indígenas para castigarlos, que los saca a empujones de algunos espacios, o los “arrean” como a perros; tales prácticas ocurren también en juzgados, hospitales y otras instancias públicas. He visto a choferes que hacen levantar de sus asientos a mujeres indígenas ancianas para darle el lugar a ladinas y éstas últimas aceptarlo con absoluta impunidad. He notado también, con gran tristeza cómo indígenas urbanos reproducen con las y los indígenas del área rural y de las fincas, lo mismo que hacen los ladinos. Ha sido difícil solo aplaudir el trabajo en contra de la violencia hacia las mujeres que organizaciones ladinas realizan, cuando éste está infestado de racismo contra la gente q’eqchi y poqomchi’ y no se quiere reconocer, menos aún superarlo.

….. En el área q’eqchi’ las jerarquías y la violencia de la finca organizan la vida diaria. Un hombre q’eqchi’ me relató lo siguiente, que ilustra perfectamente la manera en que operan tales jerarquías, “El patrón te puede pegar una patada, una manada, un jalón de oreja o un empujón, pero como dice él, aquí tenemos nosotros autoridad, ustedes me pertenecen, si no es así ustedes son desobedientes, respondones y huevones; tenemos que hacerles como se hace con los bueyes, hay que puyarlos. Es como la autoridad que ustedes deben tener con sus mujeres y con sus hijos sino les obedecen, ustedes son los dueños, los propietarios pueden mandar en su casa”. Que gran coincidencia tienen estas palabras con la filosofía aristotélica que defendió el teólogo Ginés de Sepúlveda frente a Bartolomé de las Casas, cuando dijo:

“[…] algunas especies humanas están hechas para mandar sobre otras. Ellos [los indios] son esclavos por naturaleza. Ellos son de otra especie, son de otra categoría y nacieron para ser dominados. Es el orden natural establecido para el bien general, como la forma determina la materia, como el alma domina al cuerpo, como el hombre domina al animal, como el esposo domina a la esposa, como el padre domina al hijo. Es el orden natural establecido para el bien general. Aquel que nació esclavo cuando está sin su amo se encuentra perdido, desaparecería de esta tierra”.[2]

….. En todo el país, y en lugares como Alta Verapaz, no es común pensarnos como iguales o como equivalentes, como ya lo he dicho. Es en este contexto donde Alejandra es asesinada por su pareja. “El carnicero” expresa con total frialdad cómo ella tuvo la culpa porque “se metió con otro” y no había sido la primera vez, según él. Por eso, esta vez, haciendo uso de su excesivo poder machista de hombre “engañado” le dijo “ahora si te llevó el diablo” y la asesinó de la manera que ya sabemos. Este hombre se sentía dueño o propietario de Alejandra, como lo sienten muchos en nuestros contextos. Fue terriblemente impresionante leer los comentarios en las notas de prensa donde muchos hombres aplaudieron el hecho diciendo que lo que hizo el asesino confeso “está muy bien”, que así debía tratarse “a las mujeres infieles”, que “jamás una mujer debe engañar a un hombre”. La idea de propiedad y de posesión que no es cosa menor, es un vínculo esclavista, habla sobre la falta de autonomía no solo de las mujeres, sino también de los hombres quienes de esta manera demuestran que están formados como seres carentes y que su poder depende de extraer el poder de las mujeres. Esto es fácil notarlo cuando “su honor” o “dignidad” no depende de sí mismos, de sus méritos ni de su ética de vida, sino del “comportamiento de “sus” mujeres (esposas, hijas, madres).

….. En sociedades patriarcales, el poder de las mujeres es arrebatado ya sea con violencia o con dominación afectiva que solemos confundir con las ideas del “amor romántico”. Lejos estamos de establecer una relación entre seres equivalentes, como tendría que ser. Por esto, el sentido de propiedad o de posesión es un asunto de salud pública, una pandemia antropológica porque aquí se sustenta la recurrente violencia cotidiana contra las mujeres y facilita la comisión de femicidios. Se supone que la responsabilidad del Estado es la defensa del bien común de la totalidad de la población, pero ha sido el mismo Estado en tanto maquinaria de poder de las razas dominantes, el que en muchos momentos de la historia ha construido los graves desequilibrios de poder que ahora vivimos o los ha aprovechado para controlar a la población indígena, tal como ocurrió durante el “Conflicto Armado Interno”, donde la violencia sexual se usó como estrategia de represión y de genocidio. Miles de mujeres sufrieron lo que pasó a Alejandra, pero los perpetradores no fueron sus parejas, sino el ejército y los paramilitares en tanto fuerzas del Estado.

….. Fue también impactante la manera en que los periodistas, que asumo que eso eran, hacían las preguntas al señor Mario Tut Ical. Salvo excepciones lo trataron de “vos”, tal como hace cualquier patrón con su sirviente. Su trato destilaba racismo y sus preguntas contenían una curiosidad morbosa por saber por qué un “indiosalvaje” mata a una ”indiasalvaje”, más que por entender el hecho y comunicarlo como periodistas. Por la manera en que trataron al señor Tut Ical, se podía percibir que ellos se imaginaban frente a una “bestia” acorralada, una “bestia” que “nació bestia” y debe “morir como bestia”. Por eso, hay que salir de la trampa de explicar el crimen de Alejandra, como muchos otros, y de la violencia contra las mujeres indígenas, desde el campo de la cultura o de la ontología indígena, para reconocer que somos producto de una historia de violencia colonial-patriarcal que no acaba. Lo más terrible de las formas de dominio, decía Fanon es cuando el colonizado vuelca la violencia colonial que lo atormenta día con día, contra sí mismo y contra los suyos. En cada una de las heridas que Mario Tut Ical acertó en el cuerpo de Alejandra se sintetiza la furia de un individuo en cuya existencia se inscribe una trágica historia de violencia y de saqueo que al mismo tiempo replica; a pesar de ello tenía también la posibilidad de decidir no hacerlo.[3]

….. La “naturaleza” y la condición humana de los “blancos” de los “indios” y de los “negros” es la misma, pero la falacia “civilizatoria” de los colonizadores ha sido tan exitosa para que puedan salir sin responsabilidad de sus horrendos crímenes y de la terrible destrucción que han causado en nuestras vidas de cuyas secuelas no nos recuperamos porque la colonización es una realidad actual. Las súplicas de Alejandra no fueron suficientes para que su cruel victimario la dejara vivir, de la misma manera que las suplicas de los diez millones de habitantes del Congo y los treinta mil indígenas exterminados y mutilados en la Amazonía no fueron escuchadas por los colonizadores belgas e ingleses, por no poner ejemplos más cercanos a nosotros. Los treinta y seis años de represión política y de genocidio en Guatemala, han ahondado los graves desequilibrios de poder y han reforzado la enseñanza de la violencia y del terror como mecanismo para relacionarnos y para defender las jerarquías que tristemente nos “dan dignidad”. Ojala podamos construir relaciones más equivalentes donde la “dignidad” de las razas dominantes no dependa de riquezas robadas, ni la “dignidad” de los ladinos y mestizos dependa de la existencia de los “indios” inferiorizados, ni la “dignidad” de los hombres dependa de las mujeres, porque esto solo nos convierte en depredadores del poder de quienes dependemos. Recuperar la autonomía del ser significa hacernos responsables de nuestra propia dignidad individual y colectiva, para cuidarnos y defendernos de los “civilizadores” ahora apóstoles del “desarrollo” y del “progreso”, que en todo el planeta han sembrado un horror indescriptible que nosotros los “bárbaros” y “salvajes” no debemos replicar y menos sobre nosotros mismos.

[1] Desconozco si tanto la señora Alejandra Ico y el señor Mario Tut, son q’eqchi’ o poqomchi’.
[2] Argumentaciones de Ginés de Sepúlveda, en la Controversia sobre “la naturaleza de los indios”, llevada a cabo en Valladolid España en 1542. Tratados de Bartolomé de las Casas, tomo I y II. Fondo de Cultura Económica, Primera Edición, 1965, Segunda reimpresión, 1997, México.
[3] Por carecer de cifras actualizadas, usaré datos del 2014, analizados por el Grupo Guatemalteco de Mujeres. En ese año, Guatemala como país reportó 705 MVM, uno de los más altos de América Latina. Aunque no hay cifras desagregadas por etnicidad, llama la atención observar, que los lugares considerados popularmente “no indígenas” o “menos indígenas”, suelen concentrar cifras más altas que los lugares con mayor población indígena. Pero es importante destacar que en algunos espacios donde ha funcionado históricamente alcaldías indígenas o donde las autoridades indígenas tienen una organización sólida, y participan en la impartición de justicia, son lugares de menor incidencia de femicidios, pero esto no implica que la cifra sea nula. Infelizmente en todos los departamentos se reportan femicidios. En ese mismo año, mientras en la ciudad Guatemala, murieron 330 mujeres y en Escuintla 69, los dos más altos índices, en Quiche hubo 5 muertes violentas de mujeres y en Sololá 2. En ningún momento se quiere buscar complacencia con los índices menores, porque cuando se sigue la historia de cada mujer asesinada como en el caso de Sololá, pueden encontrarse similares patrones de destrucción de la vida y del cuerpo de las mujeres. Pero lo más peligroso es cómo las cifras van en aumento en todos los lugares, o sencillamente no tienden a una baja radical, como lo es el caso de Alta Verapaz.

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La miseria humana

Dra. Aura Cumes

La miseria humana: 

“Odiarás a tu prójimo como a ti mismo”

Por Aura Cumes

Hemos caído en la más honda miseria humana, como herencia de las caducas élites económicas, militares y políticas que nos han gobernado, que tienen en sus manos el gobierno, la política, las universidades, los medios de comunicación, la iglesia católica y ahora las iglesias evangélicas. 


¿Cómo es que los seres humanos podemos llegar a ser tan miserables, ruines y crueles? Por eso concuerdo con quien dijo irónicamente que los monos son demasiado buenos como para que los humanos podamos descender de ellos. Ah, pero parece que estoy escuchando vociferar a una multitud ofendida diciendo que ellos no descienden del horrible mono sino que están hechos a imagen y semejanza de Dios. ¡Vaya presunción! Y hablo ahora de religión porque una gran parte de guatemaltecos, empezando por el “presidente”, viven invocando a su dios aún en sus actos más ruines. La semana pasada una vez más, muchos de estos guatemaltecos abnegados cristianos (católicos, evangélicos, etc.) volvieron a sacar sus demonios en las redes sociales, periódicos y universidades, pisoteando la dignidad y la memoria de las víctimas del Conflicto Armado Interno, en ocasión de la sentencia por el caso Molina Theiseen. No es precisamente amor al prójimo, lo que sale de estos individuos que llenan las iglesias los domingos y que además dicen que hacen patria; todo lo contrario, es más que evidente que sus corazones están atrapados en el más profundo odio mientras sus cerebros están idiotizados; solo saben maquinar crueldad y miseria. Ellos revelan las conductas que les llevaron a cometer las atrocidades que ahora defienden con gran impunidad.

….. Si Guatemala, uno de los países más religiosos del mundo, es a la vez, uno de los más violentos ¿para qué está sirviendo la religión? Está claro que, en las iglesias, salvo excepciones, no enseñan a pensar, aunque debieran, por qué se asesinó a tanta gente civil durante el Conflicto Armado Interno, por qué se cometieron desapariciones y masacres especialmente contra comunidades indígenas; pero se supone que enseñan principios de “amor”, “paz”, “compasión” y “misericordia”, elementos básicos que pueden llevar a sorprendernos, a indignarnos y a llevar el dolor de los semejantes, cosa que no veo común entre las y los guatemaltecos. Lejos de ello, lo más común es observar una arrogancia “moral” para oponerse, sin pensar, a cosas como el aborto legal, mientras escupen sobre las víctimas niñas, niños, ancianas, ancianos, mujeres y hombres, asesinados con saña. La religión entonces, con excepciones, no parece estar cumpliendo el principio básico de hacer el bien al prójimo, sino está siendo útil para justificar el mal, para albergar la hipocresía humana, y últimamente se ha convertido en el refugio de los que huyen de las atrocidades que cometieron durante el Conflicto Armado Interno.

….. Me pregunto también que hacen las iglesias con el problema del racismo, base del genocidio en este país. ¿Estará ausente su discusión igual que en las universidades, en las escuelas, en los medios de comunicación? Es que la profundidad de esta miseria humana de la que hablo, tiene que ver con el racismo. En comentarios al condenable asesinato de la joven Maya-Mam, Claudia Patricia Gómez Gonzáles, por parte de la patrulla fronteriza, se leen comentarios como este:

….. “No era para matarla…pero seamos realistas muchos indios aquí en guate son huevones, borrachos y no quieren trabajar y luego piensan que en estados unidos los va a querer y no más llegando van a tener la gran vida, que luchen aquí que no sean huevones y que no quieran todo regalado”

….. La anterior nota, es firmada por María Isabel García Pedroza, una muchacha de piel oscura y en su fotografía la acompaña otra mujer de piel más oscura todavía, que si se hubiera tratado de ella, de igual manera el guardia fronterizo la hubiera asesinado; no, pero aquí ella es ladina, se ve al espejo y se observa blanca o quien sabe si gringa; desde su pobrísimo imaginario, es “muuuuy diferente” y superior a los “indios”, no solo física sino moralmente, por eso se atreve a despreciarnos y “aconsejarnos”. Es lo que Fanon llaman “pieles negras en máscaras blancas”. Tristemente esa muchacha García Pedroza es la viva imagen de la miseria humana y de lo ruin personificado; es incapaz de pensar en lo que dice, pero sí tiene poder para destruir la grandeza humana de quien desprecia, porque con sus palabras ha matado otra vez a la joven migrante que buscaba una mejor vida para ella y su familia. Cuando la leí recordé los motivos de muchos “ladinos” para avalar la muerte de “los indios” durante el llamado “Conflicto Armado Interno”.

….. Las y los guatemaltecos no podemos decir que vivimos en “sociedad” porque no nos defendemos en forma común, al contrario, algunos han matado a sus propios semejantes y se han comido sus vidas. Por eso, el mandamiento al revés les queda bien “odiarás a tu prójimo como a ti mismo”, porque no solo odian a sus semejantes, sino que se odian a sí mismos, como lo hace la muchacha racista. Cuando muchos guatemaltecos piden sangre, violencia, muerte, crean las condiciones para que la violencia misma les alcance, aunque estén rodeados de guardaespaldas.

….. Hemos caído en la más honda miseria humana, como herencia de las caducas élites económicas, militares y políticas que nos han gobernado, que tienen en sus manos el gobierno, la política, las universidades, los medios de comunicación, la iglesia católica y ahora las iglesias evangélicas. Ellos han inventado un dios y nos han metido miedo y culpa para no rebelarnos ante él. El dios del “presidente” Morales, el dios del genocida Ríos Montt que nunca descansara en paz, el dios de todos los asesinos durante el Conflicto Armado Interno y el dios de los patronos de estos como el tal Álvaro Arzú, es el mismo que trajeron los invasores en 1524, en nombre del cual inventaron los más crueles métodos de violencia contra los Pueblos Indígenas, que se replicaron durante el Conflicto Armado Interno y siguen aplicándose hasta la actualidad.

….. En lo que a mí respecta no quiero un dios ni dioses que avalen a genocidas, corruptos ni asesinos, no quiero a dioses que estén en contra de la vida. Son tan certeras las palabras de quien dijo: “creer en un dios cruel, hace crueles a los seres humanos”.

Foto de portada: Carla Molina

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